Dos o tres segundos de ternura

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Siguen flotando junto a la orilla
aquellas rosas en el mar
reverdecidas y orgullosas,
iluminadas, al fin, por un bello claro de luna.

Hoy, mecido por tus cercanos versos,
has vuelto a renacer al alba,
reflejado en uno de tus enigmáticos bocetos…
mira que eres canalla.

Aún nos debes,
como herencia inmerecida,
cientos de poemas enredados en el viento,
inéditos relatos surrealistas,
y tu polifacética manera de encarar la vida.

Y nada más…apenas nada más.

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© Antonio Fernández Ferrer, 30 de septiembre de 2016

Monodialogando con el brexit

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“Pues se ha consumado. Los británicos deciden tirar p’alante sin Europa. Esto del brexit me deja descolocado, aunque he de admitir que siempre me han parecido muy suyos, como sabiendo que pueden autoabastecerse, hacer política y resetearse sin necesidad del amparo de la UE”.

“Da la impresión de que ya echaras de menos su pertenencia a estos pretenciosos Estados Unidos Europeos. ¿Alguna vez has dudado sobre su extraña alianza con el viejo continente? Esa particular manera de estar sin estar, de mantener su moneda frente al euro, de no implicarse en determinadas medidas político-económicas que pudieran salpicar su inmaculada pseudo-independencia eran los polvos que nos traen estos lodos. Además te diré que, frente a esos augurios que ahora vaticinan un hundimiento de su economía, bajada de sus bolsas, etc. los británicos siempre tendrán a mano esa palabreja de la commonwealth que es, ni más ni menos, su tabla de salvación: ese mercado común paralelo que nunca les fallará: ‘aliados omnipresenciales’ como Canadá, India, Jamaica, Australia, Nueva Zelanda, Camerún, Nigeria…Esa mancomunidad de 53 naciones que le seguirán fieles, aunque cada vez menos sumisos”.

“Entiendo tu moderado optimismo. Sin embargo también pienso que puede quedar un país dividido socialmente por edades (los jóvenes por la UE, los mayores en contra), por clases (la burguesía por la UE, la vieja clase obrera en contra), por territorios (grandes ciudades a favor, el país profundo en contra) y por las viejas naciones británicas (Escocia e Irlanda del Norte a favor, Gales e Inglaterra en contra), incluso con un parlamento que ya no está en sintonía con la población respecto a la UE. En fin que las consecuencias podrían ser serias y largas…Esperemos que lo de ayer, 23 de junio de 2016, no sea el germen de algo más profundo”.

“Vale, vale…no te pongas melodramático. Aceptemos que ha sido su decisión mayoritaria y democrática. A ver qué pasa pasado mañana con nosotros. ¡Ah, y Donald Trump como unas castañuelas! Pena, penita pena…”.

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© Antonio Fernández Ferrer, 24 de Junio de 2016.

 

El trascendentalismo y Emerson

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De 1830 a 1840 la sociedad norteamericana comenzó a poner en marcha su actitud expansiva hacia el Oeste como ampliación de fronteras no sólo de carácter físico sino también de pensamiento. Sin embargo, en las ciudades de la costa Este, el antiguo -y desfasado para muchos- ideal de nación como comunidad atlántica había experimentado un fuerte impulso, potenciando como centros-modelo de cultura nacional a los estados de Massachusetts y Virginia.

En esos años, Boston y las ciudades y localidades limítrofes estaban en plena ebullición de actividad cultural. Entre los jóvenes intelectuales se comenzaba a hablar de una nueva era espiritual, como respuesta a la profunda insatisfacción frente al viejo patriotismo. La riqueza y el poder de América no les interesaban, deseaban explorar el mundo clásico, la filosofía y la vida interior. Estudiaban las corrientes literarias griegas, la filosofía alemana y entraron en contacto con lecturas de la India.

En el centro de esta actividad cultural e intelectual se encontraban los “trascendentalistas”, que fundaron un movimiento más dedicado a la profundización en el sentimiento y en las creencias que a un sistema filosófico. Enfrentados frontalmente con el puritanismo conservador y el unitarismo -como movimiento cristiano que no aceptaba el concepto de Trinidad divina- de sus antepasados, consideraban estas concepciones religiosas como frías, negativas y sin vida. Su doctrina se centraba en el descubrimiento de la verdad a través del sentimiento y de la intuición más que por medio de la lógica: la capacidad de conocimiento intuitivo de la verdad, trascendiendo los sentidos.

El Trascendentalismo no puede entenderse sin tener en cuenta el contexto de la iglesia Unitaria, religión dominante en la Nueva Inglaterra del siglo XIX. El “unitarismo” se había desarrollado a finales del siglo XVIII como un apéndice del ala liberal del cristianismo, separada del cristianismo ortodoxo durante la década de 1740-50. La filosofía unitaria reforzaba la importancia de la conducta ética voluntaria y la habilidad del intelecto para discernir lo que constituía una conducta ética o moral.

Según su particular “teología natural” el individuo tiene capacidad – por medio de la investigación empírica o del razonamiento – para descubrir la naturaleza ordenada y benevolente del universo y de las leyes divinas. La revelación divina sería un proceso externo que confirmaría los logros de la razón.

Pero, como movimiento enraizado en el pasado americano, el trascendentalismo debe al “puritanismo” su moralidad persuasiva y la doctrina de la luz divina, similar a la denominada luz interior cuáquera; al “movimiento romántico” le debe el concepto de naturaleza como misterio vivo, no como universo mecánico -deísmo- fijo y permanente.

No podemos aventurar una causa específica del comienzo del trascendentalismo en la sociedad americana pero sí podríamos enumerar algunos acontecimientos o tendencias independientes que pudieran haber desencadenado ese nacimiento en Nueva Inglaterra.

A principios del siglo XIX, en Harvard, Massachussetts, donde se educaban esas jóvenes generaciones de trascendentalistas, comenzó la ruptura entre éstos y los unitaristas. El trascendentalismo tenía su base en el romanticismo inglés y alemán, particularmente en Coleridge, Wordsworth y Goethe, y en el idealismo post-kantiano de Thomas Carlyle. Bajo esta influencia los trascendentalistas desarrollaron sus ideas sobre la intuición o la razón humana.

Para ellos, y para los románticos, la intuición subjetiva era una fuente de verdad tan aceptable como lo era la investigación empírica que caracterizaba al deísmo y a la teología natural de los unitaristas.

El pensamiento trascendentalista estaba basado en los siguientes principios: la unidad esencial de toda la Creación, la bondad innata del ser humano, la supremacía del “insight” (lo intuitivo) sobre la lógica y la experiencia, y la tendencia a la unión de lo individual y lo universal.

Ecléctico y cosmopolita, el Movimiento Trascendentalista propugnaba que el alma de cada individuo es idéntica al espíritu universal. El hombre puede desarrollar sus potencialidades divinas, ya sea a través de un éxtasis místico o entrando en contacto con la verdad, la belleza y la bondad encarnadas en la naturaleza: la fuerza vital, incluso Dios, pueden encontrarse en cualquier sitio, ir a lugares sagrados no es necesario, no facilita esa búsqueda.

El poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson (1803-82) fue su figura más relevante. Nacido en Boston, educado en Harvard y pastor de la Iglesia Unitaria durante un largo período de su vida, su lenguaje idealista y su fe ciega en el poder del alma y la bondad de la naturaleza le llevaron a creer que el hombre podría ser el dueño absoluto del universo, siempre que llegara a identificarse con éste en su esencia más divina. El mensaje emersoniano alentaba al individuo a romper con la tiranía de la tradición y alcanzar la libertad que conduce a la realización de uno mismo. Su primer ensayo, Nature, encierra todos los principios de su doctrina. La naturaleza no es estática sino fluida, el espíritu la modifica, la moldea.

Después de abandonar su ministerio, Emerson viajó a Europa, de donde vuelve pletórico de ideas nuevas y con una orientación tan vital que, a pesar de haber abandonado su relación con el púlpito, lograba que la gente se aglomerara para escucharle. Alrededor de él giraba el mundo intelectual de la ciudad de Concord (Massachusetts), en la que se había instalado, y desde ahí extendió su influencia a toda Norteamérica. Emerson preconizaba que toda la humanidad era una sola cosa, unida por medio de una consciencia común. El movimiento trascendentalista rechazaba los convencionalismos del siglo XVIII y, tras manifestar su disconformidad con el unitarismo, acabaron por repudiar todo el orden establecido, defendiendo reformas que afectaban a la iglesia, al estado y a la sociedad en general.

Los trascendentalistas contribuyeron notablemente en los movimientos de la Free Church y en la abolición de la esclavitud: esta creencia romántica, idealista y mística, era más un patrón de pensamiento que una filosofía sistemática, y muchas de sus ideas provenían de la Crítica de la razón práctica, 1788, de Kant (J.D. HART).

El mensaje emersoniano alentaba al individuo a romper con la tiranía de la tradición y alcanzar la última libertad, la que conduce a la realización de uno mismo. Emerson señalaba la necesidad de defender la independencia individual despreciando la imitación que dominaba el conformismo, de olvidar lo que la gente pueda pensar, de confiar en el instinto, vencer la duda y enarbolar la bandera de la fe y el optimismo (mensaje renovador por excelencia, por cierto). En su ensayo The Poet condena a los artífices de la palabra, demanda que la verdad logre su supremacía, y reclama que el relato sea la sublimación de la propia existencia. Para Emerson, el verdadero poeta no era el arquitecto de la forma y la métrica, porque la experiencia de cada nueva era requiere una nueva dimensión estética.

Al convertirse el trascendentalismo en factor dominante en el pensamiento del siglo XIX, muchos poetas, novelistas y ensayistas coetáneos al movimiento fueron considerados “trascendentalistas”, tal vez sin serlo.

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© Antonio Fernández Ferrer

 

28 de Febrero

‘MANIFIESTO CANCIÓN DEL SUR’ EN SUS INICIOS
(28 DE FEBRERO DE 2016 «DÍA DE ANDALUCÍA»)

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…Andaba por los cuarenta la rosa de Peñaflor,
señora de escudo y renta, hermosa y sin un amor…
Y de pronto un día cambió de peinao, cambió de peinao…

Con esta estrofa de la copla “Amante de abril y mayo” de Quintero, León y Quiroga, que interpretaba magistralmente Concha Piquer, comenzaba la carátula de presentación del movimiento músico-poético «MANIFIESTO CANCIÓN DEL SUR», producto de la mente visionaria, creativa, rompedora, surrealista y trasgresora del escritor y poeta JUAN DE LOXA.

Intentar enmarcar la Granada de los primeros años 70 en unos cuantos párrafos pudiera parecer pretencioso, si bien -en este caso- asumiré el reto, con todas sus consecuencias. Varias imágenes (siempre en color sepia, curiosamente) acuden sigilosas a mis recuerdos, y espero poder reflejarlas aunque sólo sean sencillos apuntes hilvanados en cumplida, pero ordenada, procesión.

Abriendo el cortejo figuraría lo que he dado en denominar ‘el triángulo de las Bermudas nazarí’, en el que pudiera inferirse como centro de la actividad cultural, bulliciosa y desenfrenada a veces, de una ciudad en plena efervescencia. Los vértices de esa figura geométrica triangular a la que aludo fueron la antigua Facultad de Letras, Bar Natalio (ambos lugares en calle Puentezuelas) y Bar Bimbela, en Carríl del Picón. Locales ya desaparecidos, obviamente. Asambleas de estudiantes y profesores (por supuesto sin el pertinente permiso de ‘la autoridad competente’) terminaban, casi siempre, acompañadas de redadas de la extinta Policía Armada o ‘grises’, en las que por el simple hecho de formar un ‘grupo superior a dos personas’ se consideraba altercado del orden público. Ante esta tesitura, lo indicado solía ser ‘buscar refugio’ en los bares anteriormente citados y mezclarse con la clientela.

La creatividad, el ansia de libertad de expresión y de reunión, la innegable oposición a un régimen dictatorial -ya caduco y cercano a su desaparición- de aquella juventud de los años setenta era evidente… pero aquellos años pasaban con una inusitada lentitud, y todo, aparentemente, no experimentaba el cambio hacia la democracia que se esperaba con inquietud y expectación. En este contexto social surgen alternativas culturales que pronto serán la referencia de muchos. Juan de Loxa fue una de ellas.

Por medio de un programa radiofónico en la Cadena de Emisoras de Radio Popular -con un soberbio equipo de locución formado por Jose María Barbero, Elodia R. Campra, Lola Martín, entre otros- comienza a dar cabida a poetas, diseñadores gráficos y creadores en general en lo que bautizó como «POESÍA 70». Pablo del Águila, Fanny Rubio, Carmelo y Claudio Sánchez Muros, José Heredia Maya, Juan J. León, Javier Egea, José Carlos Rosales, junto a Joaquín Sabina, Carlos Cano o Luis Eduardo Aute, componen parte de esa pléyade de escritores, y -en poco tiempo- el programa de radio traspasa las ondas y se hace Revista Literaria de calidad contrastada.

Pero Juan quiere ir más allá. Con Alberti se pregunta: “¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora? ¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?…” Granada es tierra de música, de canción, y en Granada hay ‘materia prima’ suficiente como para dar el siguiente salto cultural: Crear una auténtica canción del Sur, como reivindicación paralela, amiga o correligionaria de movimientos músico-poéticos como la Nova Cançó catalana, la canción de autor aragonesa, la canción popular gallega, los cantautores de Euskadi…Tras ir madurando este proyecto Juan de Loxa entra en contacto con algunos poetas que ya musicalizaban sus propias composiciones (Carlos Cano y Antonio Mata, entre otros) y hace su aparición «MANIFIESTO CANCIÓN DEL SUR» como la nueva canción andaluza que se desborda hacia todos los sures. La palabra se convierte en canción, y con ella, una esperanza para tantos que veían pasar las horas sin que nadie le diera una explicación a aquello que veían en las calles, que leían en los diarios. La pregunta que Rafael Alberti lanzaba al aire estaba siendo respondida. Lentamente, pero con seguridad. Ya quedaba menos para alcanzar la añorada libertad. No contaban con miembros elitistas, era un movimiento cultural abierto a todo el que quisiera participar. Tenía el mismo valor el que subía al escenario con la guitarra en la mano (y con la censura acechando) que quien se sentaba en la butaca a corear las canciones.

En 1971 el proyecto se convierte en una realidad tangible, y a él nos unimos Pascual Pérez Chaparro, Esteban Valdivieso (como guitarra, arreglista y compositor -si bien, años más tarde, ya lo haría como cantautor-) y el que escribe esta crónica. Grabábamos nuestras canciones en los estudios de Radio Popular de Granada, respaldados por el mismo equipo de profesionales que hacía los montajes de «POESÍA 70» (con la imprescindible Elodia Campra), y los programas salían al aire los martes a las cuatro de la tarde. El primer concierto conjunto se realiza en el Carmen de Rodríguez Acosta. Lleno completo para escuchar las propuestas-canciones de los que más tarde seríamos llamados ‘cantautores sociales comprometidos’…

Después llegarían otros muchos ‘encuentros-recitales’ en colegios mayores de la universidad de Granada, en el Auditorio de la Facultad de Ciencias, en locales más reducidos y galerías de arte. Poco a poco se van incorporando nuevos miembros del movimiento músico-poético como Enrique Moratalla, Ángel Luis Luque, Miguel Ángel González, Raúl Alcover, Aurora Moreno, entre otros, que van aportando nuevas formas y contenidos a la idea primitiva: “el Sur que se desborda hacia todos los sures”.

El mecanismo de activación del público asistente a los actos era bien sencillo: emisión de los recitales de “Manifiesto” por la radio, unos cuantos carteles a colocar en lugares estratégicos de Granada, breves notas informativas en los diarios granadinos ‘Ideal’ y ‘Patria’, y el consabido ‘boca a boca’. Así de simple, y así de fácil, sin más parafernalia. Al teléfono móvil, e.mail, internet, redes sociales, cadenas de TV autonómicas, locales o privadas, vídeos, prensa digital, etc. les quedaban por delante algunos lustros para hacerse presentes… «MANIFIESTO CANCIÓN DEL SUR» comenzaba a caminar, y siempre de la mano de un genio creativo insustituible: Juan de Loxa.

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© Antonio Fernández Ferrer. (Para mayor información consultar el documentado libro de Fernando González Lucini “Manifiesto Canción del Sur: De la memoria contra el olvido”, 2004)

Reflejos en la memoria

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Van cruzando, casi somnolientos,
el estrecho y misterioso pasillo de mi memoria
en continua peregrinación,
sin apenas evidenciar sus pausados suspiros
de languidez y nostalgia.

Recuerdos que nos habitan desde siempre,
que ocupan las estancias del subconsciente
como pertinaces inquilinos realquilados
que aparecen de manera insospechada,
apareándose con fechas señaladas del calendario
para así reivindicar su evocada presencia
en nuestros pensamientos.

Esta tarde gris me han visitado,
y un penetrante olor a mantel de hule
me ha arrastrado hasta la remota niñez.
Y he podido observarme, desde lo más alto,
con la cabeza apoyada en mis entrelazados brazos,
la cálida mesa camilla solapada a mi rostro,
aspirando -adormilado- el postrero aroma
a maternal comida recién retirada,
embutido en un colegial babero azul turquesa
con cuello duro blanco y almidonado.

El familiar reloj de pared del pequeño comedor
acaba de ofrecer su campanada de las tres y media,
al tiempo que una tímida y acompasada lluvia
comienza a empañar los cristales de la ventana,
vestida con visillos de croché.

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© Antonio Fernández Ferrer, del poemario inédito «Donde termina el silencio».