Insustituible Cohen (1934-2016)

Coachella Valley Music & Arts Festival 2009 - Day 1               

         “Como pájaro en el alambre, como un borracho en el coro de medianoche,                         he intentado, a mi manera, ser libre”.

Nos ha dejado huérfanos de su excelencia poética inimitable, su candidez y cercanía nos seguirá susurrando versos cargados de belleza y la armonía de sus canciones quedará para siempre flotando en el aire. Su último trabajo “You want it darker”, producido por su hijo Adam el pasado mes de octubre, ha sido una premonición de su visionaria manera de observar la vida: una meditación poéticamente admirable sobre el desenlace final. Grande entre los más grandes, Leonard Norman Cohen ya habita en los límites del infinito… so long, old friend!!

Nacido en Montreal (Canadá), hijo de emigrantes judíos, realiza sus estudios de Primaria en una escuela hebrea. Su padre, propietario de un taller de confección, muere cuando Leonard tiene sólo 9 años. Pronto comienza a interesarse en la lectura y la música, y en 1941 ingresa en la Universidad McGill para estudiar Literatura Inglesa. Allí conoce a dos compañeros con sus mismas inclinaciones musicales, y forman el trío “The Bucksin Boys”, dedicándose a tocar y cantar música ‘country’. Las relaciones con su madre nunca fueron buenas y, tras numerosos enfrentamientos, decide independizarse, cuando estaba en tercer año de carrera.

Su insaciable afición a la lectura, y en particular a la poesía, le conduce hacia la creación propia, y escribe su primer libro de poemas, “Let´s compare mythologies”, en 1956, una colección de 45 poemas dedicados a Nathan B. Cohen, su padre, que contienen las huellas de la religión judía y católica. El libro no llega a muchos, y su anhelada independencia, junto al internamiento de su madre en un hospital psiquiátrico, hacen que Cohen decida buscar trabajo. Ya había terminado su carrera y obtuvo una beca para preparar el grado de licenciatura en Columbia, pero la rechazó. Trabaja en una fundición de cobre, sin apenas tiempo para la lectura y escribir, pero sí para, al menos, tener unos ingresos para posteriores “empresas”. Un año fue suficiente, como experiencia.

En 1961, Cohen ve publicada su segunda colección de poemas: “The spice box of earth” que dedica a sus abuelos. Su estilo profundo y lírico, así como la composición de poemas a personajes y conceptos que admiraba (Van Gogh, Chagall, el Haiku y alusiones a su querido y admirado Federico García Lorca, del que había leído de niño “Poeta en Nueva York”) le hicieron obtener un premio en metálico del Gobierno canadiense, y el reconocimiento a nivel internacional: podía permitirse dejar Norteamérica y realizar su ansiado viaje a Europa. En su primer libro Cohen ya reflejaba su interés por la cultura helénica y mediterránea por lo que, no es de extrañar, que eligiera Grecia para establecerse: en la isla griega de Hydra pasa siete años, durante los cuales conoce a Marianne Jonson, con la que, posteriomente, comparte piso. Escribe otros dos libros de poesía: el controvertido “Flowers for Hitler” (1964), sobrecogedora descripción de los campos de concentración nazis y deliberada desmitificación del Leonard Cohen romántico y dulce, y “Parasites of Heaven” (1966). Publica también dos libros en prosa, las novelas “The favourite game” (1963), su retrato del artista como joven judío en Montreal (en clara alusión al libro de James Joyce)  y “Beautiful losers” (1966), epopeya religiosa de incomparable belleza. Su incursión en la novela alcanza un éxito insospechado, en poco tiempo se venden en Estados Unidos más de 300.000 ejemplares, y son reeditados continuamente. El ‘Boston Globe’ llegó a decir: “James Joyce no ha muerto. Es de Montreal y tiene el apellido Cohen”.

Dejando atrás su ‘período hogareño’, acomodado y de relajación, que propiciaba su creatividad, Cohen vuelve a Norteamérica decidido a comenzar su carrera como cantautor, aunque el mismo reconocía: “Padezco tres grandes desgracias: una voz horrible; soy pequeño, con el rostro demacrado con ciertos vestigios de mi acné juvenil; y realmente tengo el aire de un judío… pero creo que toco bien la guitarra”. En 1967 hace su debut en el Festival Folk de Newport, llamando la atención del legendario John Hammond de Columbia Records. En la Navidad de ese año, su álbum The songs of Leonard Cohen ya se estaba distribuyendo. El éxito fue inmediato y sus canciones “Suzanne” y “Bird on the wire” se han convertido en referentes indispensables de la música folk. Sin embargo, Leonard no podía dejar de escribir su obra poética y así en 1968 publica “Selected Poems: 1956/1968”, por el que obtuvo el Premio Gobernador General, la más alta distinción literaria canadiense, pero Cohen no acude a recogerlo.

La capacidad creativa de Leonard Cohen no conocía el descanso y en 1969 sale a la luz su segundo disco Songs from my room, y en 1971 Songs of love and hate. Al año siguiente se publica un nuevo libro de poemas de Cohen “The energy of slaves” y su primer álbum en directo Live songs. A partir de 1973, Cohen se toma unos años sabáticos, merecidos sin duda, y solamente se publica el álbum de éxitos Best of Leonard Cohen en 1975.

Su vuelta al mundo de la música se produce en 1977 con uno de sus discos más curiosos e intrigantes Death of  a ladies´ man. Lo que comenzó con una relación difícil con el productor Phil Spector, terminó con la exclusión de Cohen en las mezclas y masterizaciones del álbum. Leonard admitió que fue un auténtico desastre, ya que Phil hizo las mezclas de voces rodeado de vigilantes jurados. “Era una guerra, o alquilaba mi propio ejército o cedía”. Y cedió.

Recent songs (1979) contó, obviamente, con otro productor llamado Henry Lewy que, con anterioridad, había trabajado con Joni Mitchel. Las canciones describían las vicisitudes de la pareja, pero también comenzaban a vislumbrarse incursiones de Cohen en temas religiosos. En 1984 publicó el libro “The Book of Mercy” una colección bellísima y profunda de meditaciones poéticas. Al año siguiente edita Various positions, que fue la expresión máxima de sus preocupaciones religiosas, que incluye salmos contemporáneos, nacidos de una lucha espiritual larga y difícil. Cohen había sido educado en una religión judía en una ciudad muy católica y este hecho se refleja en su producción musical.

I´m your man, álbum de timbres eléctricos con canciones tan clásicas como “First we take Manhattan”, “Ain´t no cure for love”…, fue editado en 1988, siendo uno de los discos más vendidos del año. En 1992, en lugar de publicar un libro de poemas, los musicaliza y se edita The future, álbum repleto de diatribas y meditaciones con una estremecedora visión del fracaso humano. Su segundo disco en directo, Cohen live contiene versiones de temas ya grabados junto a canciones nuevas como “Everybody knows y “Dance me to the end of love”. Otra recopilación de sus canciones vuelve a hacerse en 1997 con More Best of Leonard Cohen.

Desde principios de los 90, la vida del canadiense ha estado muy ligada a la cultura Zen. En las afueras de Los Ángeles, en un monasterio a 2.000 metros de altitud, Cohen se tomaba muy en serio una de las filosofías más antiguas y generosas del mundo. En 1996 fue ordenado monje zen con el alias “Jikan” (aquél que es silencioso). La introspección como terapia y la resolución de problemas y depresiones desde la base han ayudado a Cohen los últimos años: “nuestra mente sólo nos ofrece tres respuestas: si, no y quizás. Esas respuestas no son generalmente satisfactorias para las preguntas profundas, de manera que estamos siempre ansiosos, es nuestro hábitat natural. Pero hay individuos que emergen de esto y nos ayudan”.

AM Records editó el homenaje Tower of song: the songs of Leonard Cohen en el que participan Bono, Sting and the Chieftains, Peter Gabriel, Billy Joel y Suzanne Vega.

Leonard Cohen ha producido, a lo largo de los años, una serie de obras que continúan desafiando el paso del tiempo. Sus trabajos nos ofrecen una visión del mundo tan potente que, a veces, nos lastima, y esa experiencia tiene el mismo efecto que provocan las grandes obras literarias: cambiarnos para siempre. Cohen habla más que canta, con una voz adecuada para sus austeros lamentos, es la voz de la madurez tranquila y sosegada, la voz rota y suave de la experiencia.” 

(Extracto del capítulo III de La Canción Folk Norteamericana, Editorial Universidad de Granada, 2007)

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© Antonio Fernández Ferrer, 11 de noviembre de 2016.

Robert Allen Zimmerman, Premio Nobel de Literatura 2016

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«La influencia de Bob Dylan en la música popular en lengua inglesa, es inconmensurable. Como compositor, Dylan es el pionero de diferentes escuelas de composición musical pop, desde cantautores confesionales a escritores de narrativa. Como vocalista, rompió con el estereotipo del intérprete con una buena voz, redefiniendo, con su especial forma interpretativa, los conceptos de un vocalista de música popular y su manera de comunicarla. Su voz es cualquier cosa menos bonita, parece como si tratara, conscientemente, de capturar la ruda belleza de la voz de un granjero de los estados del Sur que estuviera cantando en su porche; toda esa crudeza y naturalidad permanecen en sus notas, y sus canciones tienen una impresionante intensidad. Como músico, se adentró en diferentes géneros, desde el folk purista, al folk-rock y al rock-country.

Bob entró en contacto con toda la generación de poetas, escritores y artistas que, encabezados por Allen Ginsberg y Jack Kerouac, habían provocado en la década de los cincuenta una verdadera revolución cultural dentro de la literatura norteamericana de postguerra: la Generación Beat. Rechazando el ‘American way of life’ y el papel de los intelectuales, con una fuerte dosis de nihilismo y anarquismo, herederos del vitalismo de Walt Whitman, seguidores de la filosofía oriental y de la marihuana, los poetas ‘beatnik’ ejercieron una poderosa influencia en la canción popular norteamericana.

Inspirado en los poetas John Keats y Rimbaud, su estilo literario ha ido ganando en calidad evocativa con una frescura casi desvergonzada. Bob va expandiendo sus fronteras musicales y abre, con ello, la puerta a toda clase de influencias: folk, folk-rock, blues-folk, rock & blues… extrañas para algunos, innovadoras y espectaculares para otros. Originales para todos.»

Valga esta modesta aportación para celebrar este gran acontecimiento literario al indiscutible creador de un nuevo estilo de lenguaje poético en la tradición americana de la canción de autor.

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© Antonio Fernández Ferrer. Extracto del libro “La Canción Folk Norteamericana: Cantautores y Textos”. 475 págs. ISBN 978-84338-4594-8. Editorial Universidad de Granada, 2007.

Versos de otoño

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Va palideciendo la tarde
como presagio de una noche oscura
y cadavérica,
dejando aromas a tierra mojada,
añorada compañera en estivales encuentros.

Va tornándose el horizonte
-embellecido por algodonadas nubes en reposo-
en un irreconocible cómplice de nostalgias,
collage sepia y anaranjado
que presagia presencias de Van Gogh
como tenaz aliado de una extraviada estrella,
irremediablemente solitaria.

El crepúsculo se hace presente
y se dispone, receloso,
a la habitual deshonra de una virginal jornada,
acicalada por la lluvia en sus pupilas,
como lágrimas de impotencia
ante la cita diaria y sistemática,
en la que se ofrece sumisa en sacrificio
a la insalvable noche venidera.

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© Antonio Fernández Ferrer. Del poemario inédito “Donde termina el silencio”.

Dos o tres segundos de ternura

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Siguen flotando junto a la orilla
aquellas rosas en el mar
reverdecidas y orgullosas,
iluminadas, al fin, por un bello claro de luna.

Hoy, mecido por tus cercanos versos,
has vuelto a renacer al alba,
reflejado en uno de tus enigmáticos bocetos…
mira que eres canalla.

Aún nos debes,
como herencia inmerecida,
cientos de poemas enredados en el viento,
inéditos relatos surrealistas,
y tu polifacética manera de encarar la vida.

Y nada más…apenas nada más.

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© Antonio Fernández Ferrer, 30 de septiembre de 2016

Monodialogando con el brexit

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“Pues se ha consumado. Los británicos deciden tirar p’alante sin Europa. Esto del brexit me deja descolocado, aunque he de admitir que siempre me han parecido muy suyos, como sabiendo que pueden autoabastecerse, hacer política y resetearse sin necesidad del amparo de la UE”.

“Da la impresión de que ya echaras de menos su pertenencia a estos pretenciosos Estados Unidos Europeos. ¿Alguna vez has dudado sobre su extraña alianza con el viejo continente? Esa particular manera de estar sin estar, de mantener su moneda frente al euro, de no implicarse en determinadas medidas político-económicas que pudieran salpicar su inmaculada pseudo-independencia eran los polvos que nos traen estos lodos. Además te diré que, frente a esos augurios que ahora vaticinan un hundimiento de su economía, bajada de sus bolsas, etc. los británicos siempre tendrán a mano esa palabreja de la commonwealth que es, ni más ni menos, su tabla de salvación: ese mercado común paralelo que nunca les fallará: ‘aliados omnipresenciales’ como Canadá, India, Jamaica, Australia, Nueva Zelanda, Camerún, Nigeria…Esa mancomunidad de 53 naciones que le seguirán fieles, aunque cada vez menos sumisos”.

“Entiendo tu moderado optimismo. Sin embargo también pienso que puede quedar un país dividido socialmente por edades (los jóvenes por la UE, los mayores en contra), por clases (la burguesía por la UE, la vieja clase obrera en contra), por territorios (grandes ciudades a favor, el país profundo en contra) y por las viejas naciones británicas (Escocia e Irlanda del Norte a favor, Gales e Inglaterra en contra), incluso con un parlamento que ya no está en sintonía con la población respecto a la UE. En fin que las consecuencias podrían ser serias y largas…Esperemos que lo de ayer, 23 de junio de 2016, no sea el germen de algo más profundo”.

“Vale, vale…no te pongas melodramático. Aceptemos que ha sido su decisión mayoritaria y democrática. A ver qué pasa pasado mañana con nosotros. ¡Ah, y Donald Trump como unas castañuelas! Pena, penita pena…”.

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© Antonio Fernández Ferrer, 24 de Junio de 2016.

 

El trascendentalismo y Emerson

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De 1830 a 1840 la sociedad norteamericana comenzó a poner en marcha su actitud expansiva hacia el Oeste como ampliación de fronteras no sólo de carácter físico sino también de pensamiento. Sin embargo, en las ciudades de la costa Este, el antiguo -y desfasado para muchos- ideal de nación como comunidad atlántica había experimentado un fuerte impulso, potenciando como centros-modelo de cultura nacional a los estados de Massachusetts y Virginia.

En esos años, Boston y las ciudades y localidades limítrofes estaban en plena ebullición de actividad cultural. Entre los jóvenes intelectuales se comenzaba a hablar de una nueva era espiritual, como respuesta a la profunda insatisfacción frente al viejo patriotismo. La riqueza y el poder de América no les interesaban, deseaban explorar el mundo clásico, la filosofía y la vida interior. Estudiaban las corrientes literarias griegas, la filosofía alemana y entraron en contacto con lecturas de la India.

En el centro de esta actividad cultural e intelectual se encontraban los “trascendentalistas”, que fundaron un movimiento más dedicado a la profundización en el sentimiento y en las creencias que a un sistema filosófico. Enfrentados frontalmente con el puritanismo conservador y el unitarismo -como movimiento cristiano que no aceptaba el concepto de Trinidad divina- de sus antepasados, consideraban estas concepciones religiosas como frías, negativas y sin vida. Su doctrina se centraba en el descubrimiento de la verdad a través del sentimiento y de la intuición más que por medio de la lógica: la capacidad de conocimiento intuitivo de la verdad, trascendiendo los sentidos.

El Trascendentalismo no puede entenderse sin tener en cuenta el contexto de la iglesia Unitaria, religión dominante en la Nueva Inglaterra del siglo XIX. El “unitarismo” se había desarrollado a finales del siglo XVIII como un apéndice del ala liberal del cristianismo, separada del cristianismo ortodoxo durante la década de 1740-50. La filosofía unitaria reforzaba la importancia de la conducta ética voluntaria y la habilidad del intelecto para discernir lo que constituía una conducta ética o moral.

Según su particular “teología natural” el individuo tiene capacidad – por medio de la investigación empírica o del razonamiento – para descubrir la naturaleza ordenada y benevolente del universo y de las leyes divinas. La revelación divina sería un proceso externo que confirmaría los logros de la razón.

Pero, como movimiento enraizado en el pasado americano, el trascendentalismo debe al “puritanismo” su moralidad persuasiva y la doctrina de la luz divina, similar a la denominada luz interior cuáquera; al “movimiento romántico” le debe el concepto de naturaleza como misterio vivo, no como universo mecánico -deísmo- fijo y permanente.

No podemos aventurar una causa específica del comienzo del trascendentalismo en la sociedad americana pero sí podríamos enumerar algunos acontecimientos o tendencias independientes que pudieran haber desencadenado ese nacimiento en Nueva Inglaterra.

A principios del siglo XIX, en Harvard, Massachussetts, donde se educaban esas jóvenes generaciones de trascendentalistas, comenzó la ruptura entre éstos y los unitaristas. El trascendentalismo tenía su base en el romanticismo inglés y alemán, particularmente en Coleridge, Wordsworth y Goethe, y en el idealismo post-kantiano de Thomas Carlyle. Bajo esta influencia los trascendentalistas desarrollaron sus ideas sobre la intuición o la razón humana.

Para ellos, y para los románticos, la intuición subjetiva era una fuente de verdad tan aceptable como lo era la investigación empírica que caracterizaba al deísmo y a la teología natural de los unitaristas.

El pensamiento trascendentalista estaba basado en los siguientes principios: la unidad esencial de toda la Creación, la bondad innata del ser humano, la supremacía del “insight” (lo intuitivo) sobre la lógica y la experiencia, y la tendencia a la unión de lo individual y lo universal.

Ecléctico y cosmopolita, el Movimiento Trascendentalista propugnaba que el alma de cada individuo es idéntica al espíritu universal. El hombre puede desarrollar sus potencialidades divinas, ya sea a través de un éxtasis místico o entrando en contacto con la verdad, la belleza y la bondad encarnadas en la naturaleza: la fuerza vital, incluso Dios, pueden encontrarse en cualquier sitio, ir a lugares sagrados no es necesario, no facilita esa búsqueda.

El poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson (1803-82) fue su figura más relevante. Nacido en Boston, educado en Harvard y pastor de la Iglesia Unitaria durante un largo período de su vida, su lenguaje idealista y su fe ciega en el poder del alma y la bondad de la naturaleza le llevaron a creer que el hombre podría ser el dueño absoluto del universo, siempre que llegara a identificarse con éste en su esencia más divina. El mensaje emersoniano alentaba al individuo a romper con la tiranía de la tradición y alcanzar la libertad que conduce a la realización de uno mismo. Su primer ensayo, Nature, encierra todos los principios de su doctrina. La naturaleza no es estática sino fluida, el espíritu la modifica, la moldea.

Después de abandonar su ministerio, Emerson viajó a Europa, de donde vuelve pletórico de ideas nuevas y con una orientación tan vital que, a pesar de haber abandonado su relación con el púlpito, lograba que la gente se aglomerara para escucharle. Alrededor de él giraba el mundo intelectual de la ciudad de Concord (Massachusetts), en la que se había instalado, y desde ahí extendió su influencia a toda Norteamérica. Emerson preconizaba que toda la humanidad era una sola cosa, unida por medio de una consciencia común. El movimiento trascendentalista rechazaba los convencionalismos del siglo XVIII y, tras manifestar su disconformidad con el unitarismo, acabaron por repudiar todo el orden establecido, defendiendo reformas que afectaban a la iglesia, al estado y a la sociedad en general.

Los trascendentalistas contribuyeron notablemente en los movimientos de la Free Church y en la abolición de la esclavitud: esta creencia romántica, idealista y mística, era más un patrón de pensamiento que una filosofía sistemática, y muchas de sus ideas provenían de la Crítica de la razón práctica, 1788, de Kant (J.D. HART).

El mensaje emersoniano alentaba al individuo a romper con la tiranía de la tradición y alcanzar la última libertad, la que conduce a la realización de uno mismo. Emerson señalaba la necesidad de defender la independencia individual despreciando la imitación que dominaba el conformismo, de olvidar lo que la gente pueda pensar, de confiar en el instinto, vencer la duda y enarbolar la bandera de la fe y el optimismo (mensaje renovador por excelencia, por cierto). En su ensayo The Poet condena a los artífices de la palabra, demanda que la verdad logre su supremacía, y reclama que el relato sea la sublimación de la propia existencia. Para Emerson, el verdadero poeta no era el arquitecto de la forma y la métrica, porque la experiencia de cada nueva era requiere una nueva dimensión estética.

Al convertirse el trascendentalismo en factor dominante en el pensamiento del siglo XIX, muchos poetas, novelistas y ensayistas coetáneos al movimiento fueron considerados “trascendentalistas”, tal vez sin serlo.

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© Antonio Fernández Ferrer