El trascendentalismo y Emerson

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De 1830 a 1840 la sociedad norteamericana comenzó a poner en marcha su actitud expansiva hacia el Oeste como ampliación de fronteras no sólo de carácter físico sino también de pensamiento. Sin embargo, en las ciudades de la costa Este, el antiguo -y desfasado para muchos- ideal de nación como comunidad atlántica había experimentado un fuerte impulso, potenciando como centros-modelo de cultura nacional a los estados de Massachusetts y Virginia.

En esos años, Boston y las ciudades y localidades limítrofes estaban en plena ebullición de actividad cultural. Entre los jóvenes intelectuales se comenzaba a hablar de una nueva era espiritual, como respuesta a la profunda insatisfacción frente al viejo patriotismo. La riqueza y el poder de América no les interesaban, deseaban explorar el mundo clásico, la filosofía y la vida interior. Estudiaban las corrientes literarias griegas, la filosofía alemana y entraron en contacto con lecturas de la India.

En el centro de esta actividad cultural e intelectual se encontraban los “trascendentalistas”, que fundaron un movimiento más dedicado a la profundización en el sentimiento y en las creencias que a un sistema filosófico. Enfrentados frontalmente con el puritanismo conservador y el unitarismo -como movimiento cristiano que no aceptaba el concepto de Trinidad divina- de sus antepasados, consideraban estas concepciones religiosas como frías, negativas y sin vida. Su doctrina se centraba en el descubrimiento de la verdad a través del sentimiento y de la intuición más que por medio de la lógica: la capacidad de conocimiento intuitivo de la verdad, trascendiendo los sentidos.

El Trascendentalismo no puede entenderse sin tener en cuenta el contexto de la iglesia Unitaria, religión dominante en la Nueva Inglaterra del siglo XIX. El “unitarismo” se había desarrollado a finales del siglo XVIII como un apéndice del ala liberal del cristianismo, separada del cristianismo ortodoxo durante la década de 1740-50. La filosofía unitaria reforzaba la importancia de la conducta ética voluntaria y la habilidad del intelecto para discernir lo que constituía una conducta ética o moral.

Según su particular “teología natural” el individuo tiene capacidad – por medio de la investigación empírica o del razonamiento – para descubrir la naturaleza ordenada y benevolente del universo y de las leyes divinas. La revelación divina sería un proceso externo que confirmaría los logros de la razón.

Pero, como movimiento enraizado en el pasado americano, el trascendentalismo debe al “puritanismo” su moralidad persuasiva y la doctrina de la luz divina, similar a la denominada luz interior cuáquera; al “movimiento romántico” le debe el concepto de naturaleza como misterio vivo, no como universo mecánico -deísmo- fijo y permanente.

No podemos aventurar una causa específica del comienzo del trascendentalismo en la sociedad americana pero sí podríamos enumerar algunos acontecimientos o tendencias independientes que pudieran haber desencadenado ese nacimiento en Nueva Inglaterra.

A principios del siglo XIX, en Harvard, Massachussetts, donde se educaban esas jóvenes generaciones de trascendentalistas, comenzó la ruptura entre éstos y los unitaristas. El trascendentalismo tenía su base en el romanticismo inglés y alemán, particularmente en Coleridge, Wordsworth y Goethe, y en el idealismo post-kantiano de Thomas Carlyle. Bajo esta influencia los trascendentalistas desarrollaron sus ideas sobre la intuición o la razón humana.

Para ellos, y para los románticos, la intuición subjetiva era una fuente de verdad tan aceptable como lo era la investigación empírica que caracterizaba al deísmo y a la teología natural de los unitaristas.

El pensamiento trascendentalista estaba basado en los siguientes principios: la unidad esencial de toda la Creación, la bondad innata del ser humano, la supremacía del “insight” (lo intuitivo) sobre la lógica y la experiencia, y la tendencia a la unión de lo individual y lo universal.

Ecléctico y cosmopolita, el Movimiento Trascendentalista propugnaba que el alma de cada individuo es idéntica al espíritu universal. El hombre puede desarrollar sus potencialidades divinas, ya sea a través de un éxtasis místico o entrando en contacto con la verdad, la belleza y la bondad encarnadas en la naturaleza: la fuerza vital, incluso Dios, pueden encontrarse en cualquier sitio, ir a lugares sagrados no es necesario, no facilita esa búsqueda.

El poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson (1803-82) fue su figura más relevante. Nacido en Boston, educado en Harvard y pastor de la Iglesia Unitaria durante un largo período de su vida, su lenguaje idealista y su fe ciega en el poder del alma y la bondad de la naturaleza le llevaron a creer que el hombre podría ser el dueño absoluto del universo, siempre que llegara a identificarse con éste en su esencia más divina. El mensaje emersoniano alentaba al individuo a romper con la tiranía de la tradición y alcanzar la libertad que conduce a la realización de uno mismo. Su primer ensayo, Nature, encierra todos los principios de su doctrina. La naturaleza no es estática sino fluida, el espíritu la modifica, la moldea.

Después de abandonar su ministerio, Emerson viajó a Europa, de donde vuelve pletórico de ideas nuevas y con una orientación tan vital que, a pesar de haber abandonado su relación con el púlpito, lograba que la gente se aglomerara para escucharle. Alrededor de él giraba el mundo intelectual de la ciudad de Concord (Massachusetts), en la que se había instalado, y desde ahí extendió su influencia a toda Norteamérica. Emerson preconizaba que toda la humanidad era una sola cosa, unida por medio de una consciencia común. El movimiento trascendentalista rechazaba los convencionalismos del siglo XVIII y, tras manifestar su disconformidad con el unitarismo, acabaron por repudiar todo el orden establecido, defendiendo reformas que afectaban a la iglesia, al estado y a la sociedad en general.

Los trascendentalistas contribuyeron notablemente en los movimientos de la Free Church y en la abolición de la esclavitud: esta creencia romántica, idealista y mística, era más un patrón de pensamiento que una filosofía sistemática, y muchas de sus ideas provenían de la Crítica de la razón práctica, 1788, de Kant (J.D. HART).

El mensaje emersoniano alentaba al individuo a romper con la tiranía de la tradición y alcanzar la última libertad, la que conduce a la realización de uno mismo. Emerson señalaba la necesidad de defender la independencia individual despreciando la imitación que dominaba el conformismo, de olvidar lo que la gente pueda pensar, de confiar en el instinto, vencer la duda y enarbolar la bandera de la fe y el optimismo (mensaje renovador por excelencia, por cierto). En su ensayo The Poet condena a los artífices de la palabra, demanda que la verdad logre su supremacía, y reclama que el relato sea la sublimación de la propia existencia. Para Emerson, el verdadero poeta no era el arquitecto de la forma y la métrica, porque la experiencia de cada nueva era requiere una nueva dimensión estética.

Al convertirse el trascendentalismo en factor dominante en el pensamiento del siglo XIX, muchos poetas, novelistas y ensayistas coetáneos al movimiento fueron considerados “trascendentalistas”, tal vez sin serlo.

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© Antonio Fernández Ferrer

 

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