Textos que comparto (9)

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Pablo Alcázar López

«El Ayuntamiento de Alicante ha encontrado la manera de evitar que los pobres, salvo los enanos, se arrellanen muellemente en los bancos públicos de la ciudad, afeando el paisaje urbano con su impertinente presencia. Inteligentemente, ha modificado los antiguos bancos de varias plazas colocándoles una barra de hierro en medio. Pero los pobres son tan acomodaticios que muy pronto comenzarán a nacer partidos para disfrutar de los bancos públicos o sin piernas o cortos de estatura. No sé si fue Diderot el que propuso hace tiempo que se fabricaran pobres sin estómago. Darían menos la lata. Y sin mugre.

Y lo ideal, se me ocurre, sería sembrar las ciudades de ectoplasmas de pobre. Aunque no creo que debamos fabricar el pobre perfecto, porque las damas de beneficencia tendrían que volver en masa al bingo. O a los rastrillos de caridad. Mejor una solución intermedia: bancos con ruedas y que se los lleve la grúa cuando en ellos haya aparcado malamente, algún mendigo. Aunque lo mejor quizá lo tengamos aquí, en nuestra ciudad: el pobre cuántico. No duerme en los bancos públicos y se mueve con tanta rapidez que es imposible saber, a un tiempo, su velocidad y su ubicación.

El Llorica, que es como se le conoce, es inaprensible. Cerró el Rey Chico. Cayeron o murieron alcaldes. Pero El Llorica permanece y dura. Cerraron comercios característicos de Granada, como Brieva o Costales, pero El Pobre del cartapacio, como fue llamado El Llorica en los años en que le dio por pedir con una carpeta azul de gomas debajo del brazo, siguió pisando las calles de Granada, sin reposo.

La Bizcocha, la reina de los prostíbulos granadinos, dejó de prestar sus imprescindibles servicios a agricultores con posibles, políticos y clérigos disfrazados de jornaleros, pero El Llorica no cesó de canturrear, mientras se acercaba a su presa: “tengo hambre, mucha hambre”. Cerraron cines, prostíbulos, conventillos, alacenas, chinos; el purgatorio mismo cerró, el limbo pasó a mejor vida. Cerrará, al paso que vamos, hasta la señora que vende cestillas de frambuesas y gladiolos en la Pescadería, pero ahí siguen El Llorica y la tienda de especias que impregna de olor a canela y a clavo la calle Puentezuelas. Porque, como afirmó Quevedo de la antigua Roma, sólo el huidizo Tíber quedó y de “la Granada de siempre” huyó lo que parecía firme y sólo lo fugitivo, los aromas y la pobreza, permanecen y duran.»

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© Pablo Alcázar López. Marzo 2014.

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