Relato sobre la amistad, en color sepia (II)

BREVE APROXIMACIÓN BIOGRÁFICA

ocañaAntonio Pedro Ramos Aguilar, natural de Ocaña (Almería), es hijo de Antonio y de María. Su padre, agricultor y trabajador incansable fue una de las personas más sencillas y nobles que yo haya conocido. Y María era, sin duda, el baluarte en el que la familia descansaba: su fuerza interior, su energía renovadora, su inteligencia innata y su buen hacer la acreditaron como referente fundamental en este relato. Ambos ya partieron ‘hacia el infinito’…

Antonio, este individuo al que dedicaré estos párrafos, es sumamente singular, como veremos a continuación.

Vino a este mundo haciéndose esperar, como mandan los cánones. Contaba María que, tras largas e interminables horas, pudo comprobar que la madre Naturaleza no dio demasiadas dádivas a su primer vástago: un niño -al que ella catalogaba como ‘normalico’ pero tirando a enclenque- que la pareja recibió como un gran regalo. Todo lo contrario a su único hermano José María que -siete años después- rebosaba salud, peso y unos ojos azules que se remontan a los bisabuelos… De cualquier forma Antonio Pedro ya estaba viendo las luces de Ocaña el 18 de junio de 1948. En un par de días llegará a la ‘ya antigua edad de jubilación’, de acuerdo con las directrices de nuestro actual gobierno…

Su infancia siempre estuvo asociada a la vida al aire libre: campo, viñas, y muchísimo calor humano, siempre rodeado de sus padres, tías, primos, primas… Estudió en los Diocesanos de Almería, junto a la catedral y, más tarde, hizo sus estudios de Bachillerato para entrar posteriormente en la Escuela de Magisterio y titularse como Maestro de Primera Enseñanza. Pero toda esta breve historia estuvo aderezada por sus grandes pasiones: el campo, los animales y la caza.

Nuestro Ramos no ha podido dejar pasar la ocasión de incorporar a su extenso currículo nada que no le supusiera la propia experiencia personal, ese adentrarse en lo desconocido. Algo típico, por otra parte, de una persona polivalente, cercana al hombre del Renacimiento, versado en el conocimiento, sea somero o profundo, de todo lo que rodea su propia existencia. Si algo define a este personaje es su cercanía y complicidad con el mundo animal. En los años que le conozco no ha habido ninguno en que Antonio no haya tenido a su vera una ‘criaturica’: pollos-perdiz, perros, perras, pájaros… todo menos seres que se arrastren como los reptiles y, por encima de todos ellos, las culebras y las serpientes.

Me vienen a la memoria los nombres de algunos de sus compañeros inseparables, testigos de sus andanzas camperas y no camperas, como el inolvidable pointer ‘King’, el irreemplazable ‘Teddy’, el llorado ‘Benji, ‘the first and only’ que. de alguna forma, se ‘reencarnaría en Blacky’, etc. Es algo indescriptible observar a Antonio entrar en el preciado e idolatrado corral de su casa -“Villatomates” [sic]- en La Cañada (Almería) donde se agolpan, en unos cuantos metros cuadrados, criaturas de lo más variopinto y en el que ‘comparten su pan gentes de cien mil raleas’ como diría Serrat. Conejos, gallinas ponedoras, gallos, perdices, faisanes… incluyendo sus cinco perros que por allí andan, a los que Antonio habla y con los que se comunica de una manera que llega a rozar lo surrealista. Es, verdaderamente, un espectáculo inenarrable.

© Antonio Fernández Ferrer

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