Relato sobre la amistad, en color sepia (I)

LA IRREPETIBLE DÉCADA DE LOS 70

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl curso 1971-72 hizo que Granada fuera una ciudad en efervescencia: manifestaciones estudiantiles, reivindicaciones políticas, nuevas ideas que provenían de una Europa que se antojaba lejana e inaccesible…. La Universidad era el punto de encuentro de innumerables actividades culturales que preconizaban un despertar a la conciencia colectiva, un deseo de integración en algo que, por evidente, parecía cada vez más cercano en el tiempo pero que se diluía en simples escaramuzas hacia lo común en un Occidente desarrollado.

Recitales de poesía comprometida, actuaciones de cantautores que la censura se encargaba de suavizar mediante “sugerencias” a las letras de sus canciones, la llamada “brigada político-social” incrustada en las aulas bajo la apariencia de compañeros de clase que, en el fondo y en la forma, eran simplemente confidentes de la autoridad, detenciones indiscriminadas de individuos por el simple hecho de proclamar solidaridad e independencia, y un largo etcétera de sinrazones que, afortunadamente, hoy parecen sacadas del más profundo y absurdo pasado franquista dictatorial, tiznado de un color sepia ya en el olvido.

Con esta breve descripción confío en que tú, lector, puedas hacer un boceto aproximado de aquellos días lejanos y sin embargo presentes en cada poro de mi piel y que intentes acercarte a este tiempo (¿por qué siempre lo imagino en color sepia…?) en el que quiero enmarcar esta pequeña historia.

En 1973 el bar Natalio, entre otros, era reducto de progresía en esta ciudad, famosa por quedarse impávida ante la desaparición de Federico el 18 de agosto de 1936. Junto al Natalio, y en una zona de no más de doscientos metros, compartían su aperturismo locales como Manila, Bimbela, Los Claveles, entre otros. Las “máquinas de discos”, de vinilo por supuesto, alternaban canciones de la época como “Yellow river”, “Je t´aime moi non plus”, “Lola”, “The partisan”, con “Mediterráneo”, “Poco antes de que den las diez”, “El abuelo”… pero para poder oír a Raimon, Pi de la Serra, Lluis Llach, Ovidi Montllor o Xavier Ribalta había que asistir a algún “guateque” clandestino en casa de alguien ‘no-controlado’.

Uno de aquellos días nos reunimos un grupo de compañeros de 3º de Filología Inglesa alrededor de una de las mesas de Natalio, acompañados de unos vasos de vino pálido y unas conchas de maní, tapa típica y añorada de aquél irrepetible local. Alguien se levantó para saludar a un amigo que acababa de llegar y al que yo no conocía. Me lo presentaron como Antonio Ramos que acababa de llegar de Inglaterra, donde había disfrutado de una beca como “assistant teacher” en la ciudad de Stoke-on-Trent, y allí había pasado el último año dando clases en tierras británicas. Su presencia colapsó, de inmediato, nuestra tertulia con anécdotas, chistes, buenos y malos ratos en la pérfida Albión, experiencias y viajes. La espontaneidad y la vivacidad de sus palabras me llamaron mucho la atención por su sencillez y cercanía: nos pidió apuntes de lo que se estudiaba en la especialidad, el nivel de inglés de la clase, el talante de los profesores… Él, que se había ido a Inglaterra sin la más remota idea de la lengua inglesa que uno pudiera figurar, nos contaba que al llegar al aeropuerto y observando que la palabra “exit” figuraba por todos sitios le comentó a una compañera la buena educación británica al desear a todo el mundo “éxito” en ese país…

Tras ese curso en Stoke he de decir, en honor a la verdad, que (hasta el presente) su dominio de la lengua inglesa: fonético, fonológico y, sobre todo, morfo-semántico roza la perfección. Es lo que algunos lingüistas han denominado virginal language acquisition, es decir, llegar a adquirir una segunda lengua liberado de todas las rémoras morfológicas y sintácticas que, de alguna forma, llegan a entorpecer y establecen la aparición de false friends, linguistic interferences y otros patrones no-liberadores de la adaptación a la lengua no materna. He podido ser testigo en innumerables ocasiones de que Antonio ha podido pasar por británico sin problema alguno.

© Antonio Fernández Ferrer

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